Dentista (cuento de Roberto Bolaño)

No era Rimbaud, sólo era un niño indio.

Lo conocí en 1986. En aquel año, por motivos que no vienen a cuento o que ahora me   parecen   banales ,   estuve unos   días   en   Irapuato ,   la capital  de las fresas, en casa de un amigo dentista que estaba pasando por un mal trance. En realidad, el que estaba mal era yo (mi novia había decidido romper abruptamente nuestra ya prolongada relación), pero cuando llegué a Irapuato, en donde supuestamente iba a tener tiempo para pensar en mi futuro y tranquilizarme, me encontré a mi amigo dentista, siempre tan discreto y ponderado, al borde de la desesperación.

Diez minutos después de haber llegado me contó que había matado a una paciente. Como no me cabía en la cabeza que un dentista pudiera matar a alguien, le rogué que se tranquilizara y me contara toda la historia. Ésta era simple, hasta donde pueden ser simples

las historias de esta naturaleza, y de la narración más bien deshilvanada que de ella hizo mi amigo deduje que en modo alguno se le podía imputar la muerte de nadie. La historia me pareció, por otra parte, extraña. Mi amigo, además de trabajar en una clínica dental privada, que le producía sustanciosos dividendos, hacía horas extra en una especie de cooperativa médica abierta a los pobres y a los indigentes, que parece lo mismo, pero que para mi amigo, y sobre todo para los ideólogos de esta suerte de organismo benéfico de la salud, no era lo mismo. En la cooperativa sólo había dos dentistas y el trabajo   era arduo . Como la cooperativa carecía de consultorio dental,   atendían en sus respectivas consultas, en horarios no comerciales (fue la palabra que él empleó), mayormente de noche, y se hacían auxiliar por estudiantes de odontología solidarios, la mayoría izquierdistas, y con ganas de practicar.

La mujer muerta era una india vieja que acudió una noche con un absceso en la encía.   Mi amigo   no operó el  absceso, pero la cooperación se realizó en su consultorio. El responsable fue un estudiante y la mujer se desmayó y al estudiante le dio un ataque de nervios. Otro estudiante llamó a mi amigo por teléfono. Cuando mi amigo llegó al consultorio y quiso saber qué ocurría se   encontró con un cáncer de  encía sajado por una mano torpe, y rápidamente se dio cuenta de que ya no podía hacer nada. Hospitalizaron a la mujer en el Hospital General de Irapuato, en donde murió al cabo de una semana.

Estos casos eran, por lo que me contó, bastante raros, digamos uno entre diez mil, y

ningún  dentista en su sano juicio espera encontrarlos en su vida . Le dije que   lo entendía , aunque la verdad es que no entendía nada, y esa noche salimos a tomar copas. Mientras recorríamos los bares de la ciudad, bares más bien de clase media alta, yo no podía dejar de pensar en la india vieja y en el cáncer que le estaba royendo la encía. Mi amigo me volvió a explicar la historia, con algunos cambios sustanciales que atribuí al alcohol que por entonces habíamos ingerido, y luego nos subimos a su Volkswagen y nos fuimos a comer a una fonda de comidas corridas en los suburbios de Irapuato .  El cambio de escenario era notable. Si antes no habíamos codeado con profesionales, funcionarios y comerciantes, ahora estábamos rodeados por obreros, desempleados, mendigos. La melancolía de mi amigo, por otra parte, iba en aumento. A las doce de la noche comenzó a despotricar contra Cavernas. El pintor. Hacía algunos años mi amigo había comprado dos grabados suyos que lucía en un sitio de honor en una de las paredes de la sala de su casa. Un día en que por azar coincidió con el ubérrimo artista en una fiesta que daba otro dentista en su residencia de la Zona Rosa, un dentista dedicado, si no recuerdo mal, a recomponer la sonrisa de las estrellas del séptimo arte mexicano (en palabras de mi amigo), intentó hablar con él.

Al principio, Cavernas no sólo accedió a platicar sino que incluso, según mi amigo, lo hizo confidente involuntario de algunas intimidades de su vida. En algún momento de la noche Cavernas propuso compartir a una jovencita que, irrazonablemente, parecía más prendada del dentista que del artista. A mi amigo la jovencita le importaba un carajo y así se lo hizo saber. Al contrario, lo que quería no era una noche de amor a tres sino comprarle otro grabado a Cavernas, directamente, sin intermediarios, el que el pintor quisiera y al precio que el pintor pusiera, siempre y cuando el grabado contuviera una dedicatoria personal, del tipo «a Pancho, en recuerdo de una noche loca» o algo así.

A partir de ese momento la actitud de cavernas cambió. Me empezó  a mirar con ojos cruzados, comentó mi amigo. Me dijo que los dentistas no entendíamos una chingada de arte. Me preguntó si era maricón a secas o si por el contrario aquello era más bien una frivolidad pasajera. Mi amigo, por supuesto, tardó en darse cuenta de que Cavernas lo estaba insultando. Cuando quiso reaccionar, explicarle al pintor que su admiración era meramente la que sentía un amante del arte por la obra de un genio incomprendido de la pintura universal, Cavernas ya no estaba junto a él.

Tardó en encontrarlo. Mientras lo buscaba iba repasando mentalmente lo que pensaba decirle. Lo divisó en el balcón de la casa, en compañía de dos tipos con pinta de gángsters. Cavernas lo vio venir y les dijo algo a sus acompañantes. Mi amigo dentista sonrió. Los acompañantes de Cavernas también sonreían. Probablemente mi amigo estaba algo más borracho de lo que pensaba, de lo que quería recordar. Lo cierto es que el pintor lo recibió con un insulto y sus acompañantes lo cogieron de los brazos y de la cintura y lo suspendieron en el vacío. Mi amigo se desmayó. Entre brumas recordaba que Cavernas había vuelto a llamarlo maricón, las risas de los hombres que lo sostenían, los automóviles aparcados en el cielo, un cielo gris parecido a la calle Sevilla. La certidumbre de que te mueres y de que te mueres por nada, por estupideces, y de que tu vida, la vida que estás a punto de perder, es también una sucesión de estupideces, es nada. Y hasta la certidumbre carece de dignidad.Eso me dijo mientras bebíamos tequila en la fonda de comidas corridas, que por supuesto carecía de permiso para expender bebidas alcohólicas, en uno de los barrios bajos de Irapuato. Después se extendió en una argumentación cuyo eje central era el descrédito del arte. Los grabados de Cavernas, yo lo sabía, aún estaban colgados en su sala y no tenía noticias de que mi amigo hubiera realizado ningún gesto encaminado a venderlos. Cuando quise argüir que su affaire con Cavernas pertenecía a la historia particular y no a la historia del arte y que por lo tanto podía utilizar esa historia para el descrédito de los seres humanos pero no para el descrédito de los artistas y menos aún para el descrédito del arte, mi amigo puso el grito en el cielo.

El arte, dijo, es parte de la historia particular mucho antes que de la historia del arte propiamente dicha. El arte, dijo, es la historia particular. Es la única historia particular posible. Es la historia particular y es al mismo tiempo la matriz de la historia particular. ¿Y qué es la matriz de la historia particular?, dije. Acto seguido pensé que me respondería: el arte. Y también pensé, y ése fue un pensamiento afable, que ya estábamos borrachos y que era hora de volver a casa. Pero mi amigo dijo: la matriz de la historia particular es la historia secreta. Durante unos instantes me miró con los ojos brillantes. Pensé que la muerte de la india con el cáncer en la encía le había afectado mucho más de lo que en principio creí. ¿Y tú te preguntarás qué es la historia secreta?, dijo mi amigo. Pues la historia secreta es aquella que jamás conoceremos, la que vivimos día a día, pensando que vivimos, pensando que lo tenemos todo controlado, pensando que lo que se nos pasa por alto no tiene importancia. ¡Pero todo tiene importancia, buey! Lo que pasa es que no nos damos cuenta. Creemos que el arte discurre por esta acera y que la vida, nuestra vida, discurre por esta otra, y no nos damos cuenta de que es mentira.

¿Qué hay entre una acera y otra acera?, me preguntó. Algo le debí de responder, supongo, aunque no me acuerdo de qué dije porque en ese momento mi amigo vio a un conocido y lo saludó con la mano, desentendiéndose de mí. Recuerdo que el local en el que estábamos se había ido llenando de gente. Recuerdo las paredes con baldosas verdes, como si se tratara de un urinario público, y la barra en donde antes no había nadie y que ahora estaba llena de personajes de aspecto cansado o festivo o patibulario. Recuerdo a un ciego cantando una canción en una esquina del local o una canción que hablaba de un ciego. El humo, antes inexistente, flotaba por encima de nuestras cabezas. Entonces el amigo al que mi amigo había saludado con un gesto se acercó a nuestra mesa. No tenía más de dieciséis años. Aparentaba menos. Era más bien bajo y su figura, que podía ser fuerte, tendía hacia lo redondo, hacia la eliminación de aristas. Vestía pobremente, aunque algo había en su ropa que no terminaba de cuajar, una cualidad movediza, como si la ropa estuviera diciendo algo incomprensible desde distintos sitios a la vez, y llevaba unos tenis gastados de tanto andar, unos tenis que en el círculo de mis amistades  o mejor dicho en el círculo de los hijos de   algunas de mis amistades estarían desde hace mucho tiempo sepultados en el closet o abandonados en un basurero.

Se sentó a nuestra mesa y mi amigo le dijo que pidiera lo que quisiera. Fue la primera vez que sonrió. No puedo decir que tuviera una bonita sonrisa sino más bien todo lo contrario: era la sonrisa de alguien desconfiado, la sonrisa de quien espera pocas cosas de los demás y todas malas. En ese momento cuan el adolescente se sintió con nosotros y exhibió su sonrisa fría, se me pasó por la cabeza la posibilidad de que mi amigo, que era unsoltero empedernido y que pudiendo haberse radicado desde hacía años en el DF había preferido no abandonar su ciudad natal de Irapuato, se hubiera vuelto homosexual o que siempre lo hubiera sido y sólo esa noche, precisamente la noche en que habíamos hablado de la muerte de la india y del cáncer en la encía, aflorara, fuera de toda lógica, una verdad oculta durante años. Pero pronto deseché esta idea y me concentré en el recién llegado o tal vez fueron sus ojos, en los que no había reparado hasta entonces, los que me obligaron a dejar a un lado mis temores (pues la posibilidad, incluso remota, de que mi amigo fuese homosexual en ese entonces me atemorizaba) y a dedicarme a la observación de aquel ser que parecía fluctuar entre la adolescencia y una niñez de espanto.

Sus ojos, cómo decirlo, eran potentes. Ése fue el adjetivo que se me ocurrió entonces, un adjetivo que evidentemente no ahondaba en la impresión real que sus ojos dejaban en el aire, en la frente de quien le sostuviera la mirada, una especie de dolor entre las cejas, pero no encuentro otro que sirva mejor a mis propósitos. Si su cuerpo tendía, como ya he dicho, a una redondez que los años acabarían concediéndole con rotundidad, sus ojos tendían hacia lo afilado, lo afilado en movimiento. Mi amigo me lo presentó con no disimulada alegría. Se llamaba José Ramírez. Le tendí la mano (no sé por qué, no soy dado a estos formalismos, al menos no en un bar y de noche) y él vaciló antes de darme la suya. Cuando se la estreché mi sorpresa fue mayúscula.

Su diestra, que esperaba suave y vacilante como la de cualquier adolescente, exhibía al tacto una acumulación de callosidades que le daba una apariencia de hierro, una mano no demasiado grande, de hecho, ahora que lo pienso, ahora que vuelvo a aquella noche en los suburbios de Irapuato, lo que aparece ante mis ojos es una mano pequeña, una mano pequeña rodeada u orlada por los exiguos resplandores del bar, una mano que surge de un lugar desconocido, como el tentáculo de una tormenta, pero dura, durísima, una mano forjada en el taller de un herrero.

Mi amigo sonreía. Por primera vez en ese  día le vi en el rostro un atisbo de felicidad, como si la presencia tangible ( con su figura redonda, sus ojos afilados y sus manos duras) de José Ramírez ahuyentara la culpa de la india con el cáncer en la boca, el malestar recurrente que el recuerdo del pintor Cavernas le provocaba. Como si adivinara la pregunta que estaba tentado de hacer y que sin embargo por una elemental cuestión de educación no haría, mi amigo dijo que había conocido a José Ramírez de forma profesional.

Tardé en entender que se refería a su consulta odontológica. Gratis, dijo entonces el

muchacho, con una voz que, como sus manos y sus ojos, también se desdecía del resto de

su cuerpo. En la consulta de la cooperativa, dijo mi amigo. Le empasté siete muelas, un

trabajo fino. José Ramírez asintió y bajó los ojos. Fue como si de nuevo se transformara en

lo que de verdad era, un muchacho de dieciséis años. Recuerdo que después pedimos más

bebidas y que José Ramírez se comió un plato de chilaquies aunque mi amigo insistió en que pidiera lo que quisiera, que él invitaba).

Durante todo el rato que aún permanecimos en la fonda la conversación se mantuvo

entre ellos dos y yo me quedé al margen. A veces oía sus palabras: hablaban de arte, es

decir mi amigo había retomado la historia de Cavernas, que mezclaba arbitrariamente con

la india muerta en una cama de hospital, en medio de dolores espantosos, o tal vez no, tal

vez había sido anestesiada, tal vez alguien le aplicaba morfina regularmente, pero la imagen

era ésa, la india, apenas un bulto minúsculo, abandonada en una cama de hospital en

Irapuato, y la risa de Cavernas y sus grabados que colgaban perfectamente enmarcados en

la sala del dentista, una sala, y por ende una casa, que el joven Ramírez había visitado,

según deduje de las palabras de mi amigo, y donde había visto los grabados de Cavernas,

las joyas de su pinacoteca particular, y le habían gustado.

En algún momento nos fuimos de allí. Mi amigo pagó y encabezó la marcha hacia la

puerta de salida. No estaba tan borracho como yo creía y no hizo falta que le sugiriera que

cambiáramos de asiento, que me dejara conducir a mí. Recuerdo otros lugares, lugares en

los que no nos quedábamos demasiado tiempo, y finalmente recuerdo un enorme lote

baldío, una calle sin pavimentar que terminaba en el campo y en donde José Ramírez se

bajó del coche y se despidió de nosotros sin darnos la mano.

Dije que me parecía extraño que el muchacho viviera allí, donde no había casas,

sólo oscuridad y tal vez la silueta de un cerro, al fondo, apenas recortada por la luna. Dije

que lo acompañáramos un trecho. Mi amigo (al hablar no me miró, tenía las manos sobre el

volante y su actitud era de cansancio y calma) replicó que no podíamos acompañarlo, que

no me preocupara, que el chavo conocía muy bien el camino. Luego encendió el motor,

puso las luces largas y pude ver, antes de que el coche empezara a recular, un paisaje irreal,

como en blanco y negro, compuesto de árboles raquíticos, malezas, una senda de carretas,

un híbrido entre el basurero y la estampa bucólica típicamente mexicana.

Ni rastro del muchacho.

Después volvimos a casa y me costó conciliar el sueño. En la habitación de huéspedes había un cuadro de un pintor irapuatense, un paisaje impresionista en donde se adivinaba una ciudad y un valle y en donde predominaba una extensa gama de amarillos. Creo que el cuadro tenía algo maligno. Recuerdo que daba vueltas en la cama, cansado e insomne, y que por la ventana entraba una débil luz que literalmente encendía el paisaje y lo hacía ondular. No era un buen cuadro. No era el cuadro el que me obsesionaba, el que no me dejaba dormir, el que me llenaba de una tristeza imprecisa e irremediable, aunque de buena gana me hubiera levantado a descolgarlo y a ponerlo de cara a la pared. De buena gana hubiera regresado esa misma noche al DF.

Al día siguiente me levanté tarde y no vi a mi amigo hasta la hora de la comida. En

la casa sólo estaba la mujer que iba cada día a hacerle la limpieza y decidí que lo mejor era

salir y dar una vuelta por la ciudad. Irapuato no es una ciudad hermosa, pero nadie puede

negar el encanto de sus calles, la atmósfera de tranquilidad que se respira en el centro, en

donde los irapuatenses fingen preocupaciones que a los nativos del DF nos parecen meras

distracciones. Como no tenía nada que hacer, después de desayunar un jugo de naranja en

una cafetería me dediqué a leer el periódico sentado en un banco, mientras a mi lado

pasaban estudiantes de secundaria o empleados públicos con una clara vocación para el

ocio y la conversación irrelevante.

Qué lejos me parecieron entonces, y por primera vez desde que había iniciado el

viaje, mis problemas sentimentales del DF. Hasta pájaros había en aquella plaza de

Irapuato. Más tarde pasé por una librería (me costó encontrar una), en donde compré un

libro con ilustraciones de Emilio Carranza, un paisajista nacido en El Hospital, una aldea o

un ejido cercano a Irapuato, y que supuse le haría gracia a mi amigo dentista, a quien

pensaba regalárselo.

Nos encontramos a las dos de la tarde. Fui a buscarlo a su consulta. La secretaria me

pidió amablemente que lo esperara, que a última hora había tenido una visita imprevista y

que no tardaría en desocuparse. Me senté en la sala de espera y me puse a leer una revista.

No había nadie. El silencio, no ya sólo en la consulta de mi amigo sino en todo el edificio,

era casi total. Por un momento pensé que lo que había dicho la secretaria era una mentira,

que mi amigo no estaba allí, que había ocurrido algo malo y que las instrucciones expresas

que había dejado antes de salir a toda prisa eran de no darme motivos de alarma. Me

levanté, di unos pasos por la sala de espera, me sentí, como era lógico, ridículo.

En la recepción la secretaria ya no estaba. Quise coger el teléfono y hacer una

llamada, pero fue un impulso del todo automático, pues ¿a quién iba a llamar en una ciudad

en donde no conocía a nadie? Me arrepentí mil veces de haber ido a Irapuato, maldije mi

sensibilidad atrofiada, me prometí que nada más volver al DF encontraría una mujer

inteligente y hermosa, pero sobre todo práctica, con la que me casaría al cabo de un

noviazgo corto, exento de gestos desmesurados. Me senté en la silla de la secretaria y traté

de calmarme. Durante un rato contemplé la máquina de escribir, el libro en donde estaban

anotadas las visitas, un recipiente de madera lleno de lápices, clips y gomas de borrar que

parecían estar en perfecto orden, lo que me pareció imposible pues nadie en su sano juicio

ordena clips (lápices y gomas, sí, pero no clips), hasta que la visión involuntaria de mis

manos temblando sobre la máquina de escribir propició que me levantara de un salto y, ya

sin dudarlo, acudiera a buscar, con el corazón batiéndome el pecho, a mi amigo.

La educación, sin embargo, es a veces más fuerte que un repentino ataque de

nervios. Mientras abría puertas y arremetía hacia el interior del consultorio llamándolo en

voz alta, recuerdo que al mismo tiempo iba pensando en la excusa que le iba a dar cuando

lo encontrara, si es que lo encontraba. Aún hoy no sé qué me pasó aquella tarde.

Probablemente fue la última manifestación exterior de mi malestar o de mi tristeza,

malestar y tristeza que traía del DF y que se evaporó en Irapuato.

Mi amigo, por supuesto, estaba en su consulta, y junto con él vi a una paciente, una

mujer de unos treinta años, de porte distinguido, y su enfermera, una muchacha de pequeña

estatura, de rasgos mestizos, a la que hasta ese momento no había visto. Ninguno de los tres

pareció sorprenderse de mi aparición. Ahorita termino, dijo mi amigo sonriéndome.

Más tarde, al explicarle lo que había sentido en su consulta (es decir: aprensión,

miedo, una angustia que subía incontrolada), mi amigo declaró que a él solía ocurrirle algo

parecido en los edificios aparentemente vacíos. Comprendí que sus palabras eran

básicamente benévolas conmigo y traté de no pensar más en ello. Pero cuando mi amigo se

ponía a hablar no había quien lo parara y durante la comida, que duró de las tres hasta las

seis de la tarde, se dedicó a darle vueltas al tema: los edificios aparentemente vacíos, es

decir los edificios que uno cree que están vacíos, y uno cree eso porque no oye ruido

alguno, pero que en realidad no están vacíos, y eso uno también lo sabe, aunque los

sentidos, el oído, la vista, le digan que está vacío. Y entonces la angustia, el miedo, no

obedecen a lo que uno cree que obedecen, es decir al hecho de encontrarse en el interior de

un edificio vacío, ni siquiera al hecho, nada fantástico, de creerse atrapado o encerrado en

el interior de un edificio vacío, sino a que uno sabe, en lo más profundo uno sabe, que no

existen edificios vacíos, que en los chingados edificios vacíos siempre hay alguien que se

nos hurta a nuestra mirada y que no hace ruidos, y a eso se reduce todo, a que no estamos

solos, dijo mi amigo dentista, a que ni siquiera estamos solos cuando todo nos indica de

forma razonable que lo estamos.

Y después dijo: ¿sabes cuándo estamos solos de verdad? En las multitudes, le dije

pensando que así le seguía la corriente, pero no, no era en las multitudes, eso debí de

imaginarlo, sino tras la muerte, la única soledad mexicana, la única soledad de Irapuato.

Esa noche nos emborrachamos. Le entregué mi regalo, dijo que no conocía al pintor

Carranza, salimos a comer y nos emborrachamos.

Empezamos con las cantinas del centro de la ciudad y luego volvimos al extrarradio,

en donde habíamos estado la noche anterior y donde habíamos encontrado al joven

Ramírez. Recuerdo que en algún momento de nuestro errático periplo pensé que mi amigo

buscaba a Ramírez. Se lo dije. Respondió que no era cierto. Le dije que conmigo podía

hablar con franqueza, que cualquier cosa que me dijera iba a quedar entre nosotros dos.

Dijo que siempre había hablado con franqueza conmigo y al cabo de un rato añadió

mirándome a los ojos que no tenía nada que ocultar. Le creí. Pero la impresión de que

buscaba al joven campesino persistió. Esa noche nos acostamos tarde, cerca de las seis de la

mañana. En algún momento mi amigo dentista se puso a recordar nuestra juventud, cuando

ambos estudiábamos en la UNAM y ambos admirábamos la obra de Elizondo con un fervor

ciego. Yo estudiaba en la facultad de Filosofía y Letras y él en Odontología y nos

conocimos en el cineclub de mi facultad, durante el coloquio posterior a una película de un

director boliviano, supongo que sería Sanjinés.

Durante el coloquio mi amigo se levantó y fue no sé si el único pero sí el primero en

decir que la película no le había gustado y en decir por qué. A mí tampoco me había

gustado, pero entonces jamás lo hubiera admitido. La amistad entre ambos fue espontánea:

esa misma noche supe de su admiración por Elizondo, que yo también profesaba, y durante

el segundo verano ambos quisimos emular a los personajes de Narda o el verano alquilando

una casita cerca del mar en Mazatlán, que si bien no era la costa italiana, con un poco de

imaginación y voluntad podía llegar a parecérsele.

Después crecimos y nuestras aventuras juveniles nos parecieron más bien detestables. Los jóvenes mexicanos de clase media alta estamos condenados a imitar a Salvador Elizondo que a su vez imita a un inimitable Klossowski o a engordar lentamente en el comercio o en la burocracia o a dar palos de ciego en organizaciones vagamente de izquierdas, vagamente caritativas. Entre Elizondo, cuya obra ya no releía, y el pintor Cavernas, se consumía nuestra hambre inagotable, y con cada bocado que dábamos éramos más pobres, más flacos, más feos, más ridículos. Después mi amigo volvió a Irapuato y yo me quedé en el DF y de alguna manera ambos procuramos desinteresarnos del lento

naufragio de nuestras vidas, del lento naufragio de la estética, de la ética, de México y de

nuestros chingados sueños.

Pero conservamos la amistad y eso importaba. Y ahí estábamos hablando de nuestra

juventud, bastante borrachos, y de repente mi amigo recordó a la india vieja que se le había

muerto de cáncer en la encía y recordó nuestra conversación sobre la historia del arte y la

historia particular y habló de las dos aceras (un tema del que yo apenas recordaba nada) y

finalmente llegó a la fonda de comidas corridas en donde habíamos encontrado a José

Ramírez, que era precisamente adonde quería llegar, y me preguntó qué pensaba de él,

aunque lo preguntó de tal forma que yo no supe si se refería al adolescente indio o a sí

mismo, y para curarme en salud le dije que no pensaba nada, o tal vez hice un gesto que

podía significar cualquier cosa, y mi amigo acto seguido me preguntó si creía, si se me

había pasado por la cabeza la idea de que entre José Ramírez y él pudiera haber algo, esos

sobrentendidos atroces y tan mexicanos, y yo dije no por Dios, mano, cómo se te ocurre, no

te azotes, tal vez ahora exagero, mi memoria exagera, tal vez no exagero, tal vez entonces

se abrió el agujero real, el que había presentido en el edificio falsamente vacío, el que había

entrevisto cuando el indio adolescente se acercó a nosotros la primera vez, justo mientras

hablábamos o mi amigo hablaba o peroraba sobre la india muerta, ese cadáver cada vez más

pequeño, y entonces todo se me cruzó, posiblemente debido a la borrachera, nuestra

juventud evocada, nuestras lecturas, Nada o el verano, de Elizondo, una gloria nacional,

nuestro verano imaginario y voluntarioso en Mazatlán, mi novia que sorpresivamente

decidía torcer el rumbo a su soberana discreción, los años, Cavernas y la pinacoteca de mi

amigo, mi viaje a Irapuato, las calles de Irapuato tan tranquilas, la misteriosa decisión de mi

amigo de radicarse allí, de ejercer allí, en la ciudad natal, cuando lo normal hubiera sido…

Y entonces él dijo: tienes que conocer a José. Hizo hincapié en el verbo conocer.

Tienes que conocerlo. Y: yo no soy. No soy de ésos. Ya sabes. Yo no. Y luego habló de la

india muerta y del trabajo en la cooperativa. Y dijo: yo no. Yo no, por supuesto, ¿verdad?

Verdad, dije yo. Y luego cambiamos de bar y en el camino él dijo: mañana. Y yo supe que

no era su borrachera, que mañana lo recordaría y que una promesa era una promesa,

¿verdad? Verdad. Y entonces, buscando para variar otro tema, le referí una ocasión, cuando

yo era niño, en que me quedé encerrado en el elevador de mi edificio. Entonces estuve solo

de verdad, dije. Y mi amigo me escuchó con una sonrisa, como diciéndose vaya pendejete

estás hecho, qué hubo con todo ese titipuchal de años en el DF, con todo ese titipuchal de

libros leídos y estudiados y enseñados en donde quiera que tú enseñes. Pero yo insistí.

Estuve solo. Durante mucho tiempo. A veces todavía siento (muy raramente, para qué más

que la verdad) lo que sentí en el interior del elevador. ¿Y sabes por qué? Mi amigo hizo un

gesto que quería decir que prefería no saberlo. Igual se lo dije: porque era niño. Recuerdo

su respuesta. Me daba la espalda, buscaba el lugar en donde había dejado estacionado el

coche. Pendejadas, dijo. Mañana vas a ver lo que es bueno de verdad.

Y al día siguiente no había olvidado nada. Al contrario, recordaba cosas que yo ya

había olvidado. Por la forma como habló de José Ramírez parecía su tutor. Recuerdo que

esa noche nos vestimos como si fuéramos a ir de putas o de cacería, mi amigo con una

chaqueta de pana marrón y yo con una chaqueta de cuero que traje pensando en alguna

excursión al campo.

Iniciamos la excursión tomando un par de whiskys en el centro, en un local en

penumbra que olía a after-shave. Después nos fuimos directamente a los barrios que solía

frecuentar José Ramírez.   E s t u v i m o s   e n   u n   par   de  cafeterías ruinosas en la fonda de

comidas corridas (en donde intentamos comer aunque ninguno de los dos tenía hambre), en

una cantina llamada El Cielo. Ni rastro del adolescente indio.

Cuando ya habíamos dado la noche por perdida, una noche extraña en la que casi no

habíamos cruzado palabra, lo vimos o lo adivinamos caminando por una acera mal

iluminada. Mi amigo tocó el claxon y dio la vuelta con una maniobra temeraria. Ramírez

nos esperaba quieto en una esquina. Bajé la ventanilla y lo saludé. Por encima de mí salió la

cabeza de mi amigo y lo invitó a subir. El adolescente entró en el coche sin decir una

palabra. Mis recuerdos del resto de aquella noche son festivos. Irreflexivamente festivos.

Parecía que celebráramos el cumpleaños del joven que iba con nosotros. Parecíamos sus

padres. Parecíamos sus padrotes.

Parecíamos dos mexicanos blancos tristes guardando las espaldas de un mexicano indio incomprensible. Nos reíamos. Bebíamos y nos reíamos y nadie osó acercarse a nosotros o burlarse de nosotros porque si mi amigo no lo hubiera matado lo hubiera hecho yo.

Y oímos la historia o los retazos de historia de José Ramírez, una historia que

entusiasmaba a mi amigo y que a mí, pasados los primeros momentos de perplejidad,

también me entusiasmó, pero que luego, a medida que llegábamos a las vertientes

desconocidas de la noche, como dice un poema de Poe, se fue desdibujando, como si las

palabras del adolescente indio no encontraran un asidero válido en nuestra memoria, y es

por eso que apenas recuerdo sus palabras. Sé, porque lo dijo él, que había participado en un

taller de poesía, un taller de poesía gratuito, más o menos como la cooperativa medica de

los pobres, solo que en versión literaria, y que Ramírez no escribió ni un solo poema, algo

que hizo retorcerse de risa a mi amigo dentista y que yo no entendí, no le veía la gracia,

hasta que me explicaron que Ramírez escribía narrativa. Cuentos, no poemas. Entonces

pregunté por qué no se había matriculado en un taller de narrativa. Y mi amigo dentista

dijo: porque no había ningún taller de narrativa. ¿Comprendes? En este pueblo de mierda

sólo se enseña gratis la poesía. ¿Comprendes?

Y  luego Ramírez habló de su familia, o tal vez fue el dentista el que habló de la

familia de Ramírez, y sobre ésta no había nada que decir. ¿Comprendes? Nada. Y yo no

entendí gran cosa, aunque por no quedarme al margen hablé de los edificios vacíos y del

engaño, pero mi amigo me hizo callar con un gesto. Nada que decir. Campesinos. Muertos

de hambre. Ni una sola señal. ¿Comprendes? Y yo dije que sí con la cabeza, por no llevar la

contraria, pero en realidad no comprendía nada. Y luego mi amigo afirmó que pocos

escribían como escribía el joven que estaba a nuestro lado. Verdad de Dios: muy pocos. Y a

partir de ese momento se embarcó en una exégesis de Ramírez que me dejó helado.

Superior a todos, dijo. Los narradores mexicanos parecían niños de pecho comparados con este adolescente más bien gordo e inexpresivo y con las manos endurecidas por el trabajo en el campo. ¿Pero qué campo?, dije yo. El campo que nos rodea, dijo el dentista y con su mano hizo un movimiento circular, como si Irapuato fuera una avanzada en tierra salvaje, un fuerte en medio del territorio apache. Y entonces yo miré de reojo al adolescente, lo miré con miedo, y vi que estaba sonriendo, y luego mi amigo empezó a contarme un cuento de Ramírez, un cuento sobre un niño que tenía muchos hermanos pequeños que cuidar, ésa era la historia, al menos al principio, aunque luego el argumento daba un giro y se pulverizaba a sí mismo, el cuento se convertía en una historia sobre el fantasma de un pedagogo encerrado en una botella, y también en una historia sobre la libertad individual, y aparecían otros personajes, dos merolicos más bien canallas, una veinteañera drogadicta, un coche inútil abandonado en la carretera que servía de casa a un

tipo que leía un libro de Sade. Y todo en un cuento, dijo mi amigo.

Y yo, que por educación hubiera podido decir que estaba bien, que sonaba

interesante, dije que era necesario leerlo para poder formarme una opinión cabal. Eso fue lo

que dije, pero igual hubiera podido decir lo contrario y me habría salvado. Y entonces mi

amigo se levantó y le dijo a Ramírez que fuéramos a buscar los textos. Recuerdo que

Ramírez lo miró, sin levantarse, y luego me miró a mí y luego sin decir nada se levantó. Yo

hubiera podido protestar. Hubiera podido decir que no era necesario. Pero para entonces ya

estaba helado y nada me importaba, aunque desde dentro, desde muy adentro, veía los

gestos que hacíamos, los gestos que orquestábamos con una perfección casi sobrenatural, y

aunque sabía que la dirección hacia la que éstos nos empujaban no entrañaba un peligro

real para nosotros, también sabía que de alguna manera entrábamos en un territorio en

donde éramos vulnerables y de donde no saldríamos sin haber pagado un peaje de dolor o

de extrañamiento, un peaje que a la larga íbamos a lamentar.

Pero nada dije y salimos del bar y montamos en el coche de mi amigo y nos perdimos por las calles que marcaban los límites de Irapuato, calles sólo recorridas por coches de la policía y por autobuses nocturnos y que, según mi amigo, que conducía en un estado de exaltación, Ramírez recorría a pie cada noche o cada amanecer, cuando volvía a casa después de sus incursiones urbanas. Yo preferí no añadir ni un sólo comentario más y me dediqué a mirar las calles débilmente iluminadas y la sombra de nuestro coche que a fogonazos se proyectaba en los altos muros de fábricas o almacenes industriales abandonados, vestigios de un pasado ya olvidado en el que se intentó industrializar la ciudad. Luego salimos a una especie de barrio añadido a aquel amasijo de edificios inútiles.

La calle se estrechó. No había alumbrado público. Oí el ladrido de los perros. Puro hijos de

Sánchez, ¿no, mano?, dijo el dentista. No le respondí. Detrás de mí oí la voz de Ramírez

que decía que doblara a la derecha y que siguiera recto.

Las luces del coche barrieron dos casuchas miserables protegidas por una cerca de

madera y alambre y un camino de tierra y en un segundo ya estábamos en algo que parecía

el campo pero que también hubiera podido ser un basurero. A partir de allí seguimos a pie,

en fila india, con Ramírez abriendo la marcha, seguido por el dentista y por mí. A lo lejos

distinguí una carretera, las luces de los coches que se deslizaban irremediablemente ajenos

a nosotros, aunque en sus desplazamientos lejanos creí encontrar una similitud —atroz,

ciertamente— con nuestro destino. Vi la silueta de un cerro. Intuí un movimiento en la

oscuridad, entre unos arbustos, y sin dudarlo lo atribuí a ratas cuando muy bien hubieran

podido ser pájaros. Después salió la luna y vi casitas solitarias que se alzaban en las faldas

del cerro y más allá de éste un campo oscuro, labrado, que se extendía hasta un recodo de la

carretera en donde, como una protuberancia artificial, se alzaba un bosque. De pronto oí la

voz del adolescente que le decía algo a mi amigo y nos detuvimos. De la nada había surgido

su casa, una casa de muros amarillos o blancos, con el techo bajo, como todas las tristes

casas que soportaban la noche en las afueras de Irapuato.

Durante un instante los tres nos quedamos quietos, yo diría que hechizados,

contemplando la luna o mirando compungidos la exigua vivienda del adolescente o tratando

de descifrar los objetos que se amontonaban en el patio: sólo distinguí con certeza un

huacal. Después entramos en un cuarto de techo bajo que olía a humo y Ramírez encendió

una luz. Vi una mesa, aperos de campo apoyados en la pared, un niño durmiendo en un sillón.

El dentista me miró. Sus ojos brillaban de excitación. En aquel instante me pareció

indigno lo que estábamos haciendo: un pasatiempo nocturno sin otra finalidad que la

contemplación de la desgracia. La ajena y la propia, reflexioné.  Ramírez arrimó dos sillas

de madera y luego desapareció tras una puerta que parecía abierta a golpes de hacha. No

tardé en comprender que aquella habitación era un añadido reciente en la vivienda. Nos

sentamos y esperamos. Cuando volvió a aparecer cargaba una resma de papeles de más de

cinco centímetros de grosor. Con aire reconcentrado se sentó junto a nosotros y nos alcanzó

los papeles. Lean lo que quieran, susurró. Miré a mi amigo. Este ya había cogido un cuento

de entre los papeles y ordenaba cuidadosamente las hojas. Le dije que me parecía más

indicado llevarnos los textos y leerlos en el confort de su casa. Probablemente no fuera así.

Pero eso es lo que pienso ahora, no consigo ver la escena de otra manera, yo diciendo que

mejor nos fuéramos, que pospusiéramos la lectura a un ambiente más agradable, y el

dentista como un condenado a muerte mirándome con dureza y ordenándome que escogiera

un cuento al azar y que de una chingada vez me pusiera a leer.

Y eso hice. Bajé los ojos avergonzado y escogí un cuento y me puse a leer. El

cuento tenía cuatro páginas, tal vez lo escogí por eso, por su brevedad, pero cuando lo

acabé tenía la impresión de haber leído una novela. Miré a Ramírez. Estaba sentado frente a

nosotros   y   daba   cabezadas de sueño .   Mi  amigo siguió mi mirada y susurró que el joven

escritor se levantaba muy temprano cada día. Asentí con la cabeza y cogí otro cuento.

Cuando volví a mirar a Ramírez éste dormía con la cabeza apoyada en los brazos. Yo

también había sentido ramalazos de sueño, pero ahora me sentía completamente despierto,

completamente sobrio. Mi amigo me alcanzó otro cuento. Lee éste, susurró. Lo dejé a un

lado. Terminé el que estaba leyendo y me puse a leer el que me había dado el dentista.

Cuando estaba acabando el último de los cuentos que leí aquella noche se abrió la

otra puerta y apareció un tipo que debía de tener nuestra edad pero que parecía mucho

mayor y que nos sonrió antes de salir al patio con andares silenciosos. Es el papá de José, dijo mi mi amigo. O fuera un ruido de latas, unos pasos que se tornaban más enérgicos dijo mi amigo. Oí fuera un ruido de latas, unos pasos que se tornaban más enérgicos, el ruido de alguien que orina al aire libre. En otra situación esto hubiera bastado para que permaneciera alerta, absorto únicamente en descifrar y en cierta manera en conjurar aquellos sonidos, pero lo que hice fue seguir leyendo.

Uno nunca termina de leer, aunque los libros se acaben, de la misma manera que uno nunca termina de vivir, aunque la muerte sea un hecho cierto. Pero, en fin, digamos, para entendernos, que en un momento dado yo di por finiquitada mi lectura. Mi amigo ya

hacía rato que no leía. Su apariencia traslucía cansancio. Le dije que podíamos irnos. Antes

de levantarnos los dos miramos el plácido sueño de Ramírez. Al salir vimos que estaba

amaneciendo. En el patio no había nadie y los campos de alrededor parecían yermos. Me

pregunté dónde estaría el padre. Mi amigo me indicó su coche y me hizo notar lo extraño

que resultaba que el coche no resultara extraño en aquel marco. Un marco incomparable,

dijo ya no en un susurro. Su voz me sonó extraña: se había enronquecido, como si hubiera

pasado la noche dando gritos. Vamos a desayunar, dijo. Asentí. Vamos a hablar sobre lo

que nos ha pasado, dijo.

Al abandonar esos andurriales comprendí, sin embargo, que poco era lo que

podíamos decir sobre nuestra experiencia de aquella noche. Ambos nos sentíamos felices,

pero supimos sin asomo de duda —y sin necesidad de decírnoslo— que no éramos capaces

de reflexionar o de discernir sobre la naturaleza de lo que habíamos vivido.

Cuando llegamos a casa, mientras yo servía dos whiskys antes de irnos a dormir, mi

amigo se quedó quieto mirando sus Cavernas colgados de la pared. Puse su vaso en la mesa

y   me   estiré en  el sillón. No dije nada. El dentista   observó  sus grabados primero con   los

brazos en jarra y luego con una mano apoyada en el mentón y finalmente meciéndose el

pelo. Me reí. Él también se rió. Por un momento se me pasó por la cabeza que iba a coger el

cuadro e iba a proceder a destrozarlo meticulosamente. Pero en lugar de eso se sentó junto a

mí y se bebió su whisky. Luego nos fuimos a dormir.

No mucho. Unas cinco horas. Y yo soñé con la casa del joven Ramírez. La vi

erguirse en medio del erial y del basurero y del páramo mexicano, tal cual era, desposeída

de todo ornato. Tal como la había entrevisto durante esa noche decididamente literaria. Y

comprendí durante un segundo escaso el misterio del arte, su naturaleza secreta. Pero luego

apareció en el mismo sueño el cadáver de la vieja india muerta de un cáncer en la encía y

olvidé todo. Creo que la estaban velando en la casa de Ramírez.

Cuando me levanté le conté el sueño o lo que recordaba del sueño al dentista. Tienes

mala cara, me dijo. En realidad el que tenía mala cara era él, aunque yo preferí no decirle

nada. Pronto descubrí que estaba mejor solo. Al anunciarle que iba a dar una vuelta por la

ciudad vi una expresión de alivio en su rostro. Esa tarde fui al cine y me dormí en mitad de

la película. Soñé que nos suicidábamos o que obligábamos a otros a suicidarse. Cuando

llegué a casa mi amigo me estaba esperando. Salimos a cenar y tratamos de hablar de lo que

nos había pasado el día anterior. Fue en vano. Terminamos hablando de algunos amigos del

DF, gente que creíamos conocer y que en realidad eran unos perfectos desconocidos. La

cena, contra todo pronóstico, fue placentera.

Al día siguiente, era un sábado, lo acompañé a su consultorio, en donde tenía que

trabajar para la cooperativa médica de los pobres durante un par de horas. Es mi aportación

a  la comunidad ,   mi   trabajo voluntario ,   me  dijo   con  resignación  mientras subíamos a su

coche. Yo pensaba marcharme el domingo para el DF y algo en mi interior me decía que

pasara junto a mi amigo el máximo de horas posible pues no sabía cuánto tiempo iba a

transcurrir hasta que lo volviera a ver.

Durante mucho rato (un tiempo que ya no me atrevo a medir) estuvimos esperando,

el dentista, un estudiante  de odontología y yo, a que apareciera un cliente, pero nadie

apareció.

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Acerca de elincisivo

Periódico digital sobre la Facultad de Odontología y servicios generales de la Universidad Central del Ecuador.
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